Escrito el 9 de Junio de 2013.
Estaban tumbados al sol en el césped del parque, de este parque. Ella encima de él y él con el cuello estirado, sintiendo el calor del sol en su cara, y con una sonrisa. Ella sacó la lengua y se la pasó por toda la nuez a él, que se estremeció. Pensaba que en un día tan caluroso como aquel era imposible sentir frío, pero cuando ella le hizo eso un escalofrío le recomió todo el cuerpo y lo agradeció. Algo creció entre sus piernas. Ella lo notó y se rió, complacida.
Oscureció y llegó el momento de irse a casa. Empezaba a hacer frío. Y también empezaba la tristeza.
No podían. No podían separarse. No podían vivir así.
Cuando se despedían hasta el día siguiente, se despedían con lágrimas. Cuando tenían que irse él a trabajar y ella a clase, no lo soportaban. No rendían. Era depresión pura, lágrimas en los ojos todo el tiempo. Anhelaban los brazos de la otra persona, eran como una sola carne, como hermanos siameses, tenían una enfermedad, no podían estar separados. En casa, se pasaban las noches hablando hasta que se quedaban dormidos, y dormían con el teléfono pegado a sus caras. Los fines de semana, se levantaban a las 7 de la mañana para estar juntos y aprovechar al máximo el tiempo de los días de su vida.
Pero cuando estaban juntos...
Cuando estaban juntos, todo era morado. Las cosas adquirían formas diferentes, todo eran espirales, curvas, redondo. Flotaban en el aire. La exquisitez la palpaban con las yemas de sus dedos cuando se tocaban el uno al otro. Se amaban. Y amar no es ni siquiera la palabra correcta. Simplemente, padecían una enfermedad. Una enfermedad en la que no podían estar alejados el uno del otro.
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