Escrito el 10 de Agosto de 2013.
Mi debilidad es tan o más inmensa que todos los océanos de este planeta. Sólo con una triste canción todo mi mundo se derrumba, todo se me cae. Esta tristeza, esta soledad que no soy capaz de arrancarme de mí misma, de derretirla, de sacarla de mis entrañas, me tiene atada a cada recuerdo, a cada minuto, a cada momento.
Sólo una pequeñísima pieza de todas las estrellas, asteroides y satélites del universo puede conmigo. Esa depresión infinita que jamás consigo paliar, que jamás consigo eliminar. Ese sin motivo triste que ocupa todos los días de mi vida. Esas mentiras, fingiendo ser la más sincera. Ese orgullo siniestro que me encarcela pero que siempre se va por mi falta de fuerzas, porque no me quiero a mí misma, por mi dependencia extrema de cada ser de esta tierra, necesidad de ser amada, de halagos, aunque sean burdos y grotescos, de atención, de que me amen. Ese miedo al dolor que puede infligir cada persona con la que hablo, cada escena, cada canción. Miedo a que la gente se vaya de tu lado para siempre, sin poder hacer nada para retenerlos junto a ti. Ataques de ira, asfixia y angustia. Ganas de vomitar. Envidia. De no tener lo que ellos tienen. Pero a la vez, comodidad. Por ser como eres. Por tu personalidad. Resignación, por no poder cambiarla. Más que comodidad, indiferencia. Vivir con más intensidad que nadie la tristeza, pero también la felicidad. Cada buen momento te lo guardas para ti de una forma que nadie podría. Lo sientes todo mucho más que los demás. No eres normal, eres especial. No saber por qué, pero desde que naciste sientes esa gran diferencia entre tú y los demás. Entre tú y la demás gente del puto universo. Eres un mar de cambios, un océano de diferentes estados de ánimo distintos cada día y cada noche. Por un lado necesitas espacio. Espacio para sobrevivir, para pensar, para no aguantarlos. Por otro, dependes más de ellos que de tu propia vida. Tienes sentimientos para con los demás y para contigo misma. Formas de comportarse. Tan diferentes como iguales: la doble vida. Pero no te engañes: jamás nadie te comprenderá. Eso es así y lo sabes. Entonces caes en la espiral del "nadie me entiende". La parte buena de todo esto es que puedes convivir únicamente contigo misma, que puedes conseguir que eso no te afecte. Por simple costumbre. Por el ojo por ojo que nunca has sabido aplicar. Por tu puta debilidad. Acabarás consiguiéndolo, por triste que suene, por puro cansancio, decepción y arrepentimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario