Los dos
estábamos en París, delante de la Torre Eiffel. Era invierno, estaba todo
cubierto de nieve. Desearía que fuera Navidad. Yo vestía mis leggins negros, mi parca verde y mis botas moradas, y el gorrito rosa. Tenía el pelo largo.
Estaba bailando cogiendo la nieve y dando vueltas mientras la lanzaba. Hacía
sol. Y tú me mirabas con ojos de estar perdidamente enamorado de mí, no podías
apartar la vista de mí ni un segundo; y no pestañeabas. Me grababas en vídeo
con el teléfono móvil.
La imagen que
tengo en mi cabeza tiene rayas, saltos, como si fuera una peli de serie B que
estuviera estropeada, y tiene un filtro sepia, que no hace más que darle
nostalgia y melancolía. También está a cámara lenta. Empezaba a nevar suavemente.
Nos
besábamos, y eso quedaba grabado en el teléfono también, te abrazaba con fuerza
mientras te besaba. Era mi cumpleaños. Todo quedaba grabado para la posteridad.
Luego íbamos
a nuestra habitación de hotel (en realidad no sé si era exactamente una
habitación o nuestra propia casa). Tenía un balconcito con flores, muchas
rosas, y daba mucho el sol, tanto que parecía verano. Era preciosa. Y allí
hacíamos el amor toda la noche, y nos amábamos.
Y
despertábamos juntos y volvíamos a salir por las callejuelas de allí. Vivíamos
en París. No existía otra cosa que no fuéramos nosotros. No importaba nada:
sólo estar juntos y no salir de aquellas calles. Nunca regresar. Jamás.
¿Te acuerdas de lo que sentías al principio cuando
veías cine?
Sigo sintiéndolo de vez en cuando, pero no tan a
menudo como antes. Es como una relación de pareja: al principio todo es la
hostia, luego sigue siendo precioso pero ya estás habituado a ello y lo ves
como algo normal, no te llega tan adentro.
Pero con Tarantino... es como si cada película fuera
la primera cosa que he visto en mi vida. Es como si hubiera pasado toda mi vida
con los ojos abiertos, pero ciega y, de repente, cuando por fin consigo VER, me
siento persona. Me siento mujer. Siento que quiero ser inmortal, vivir toda la
vida solamente para ver una determinada escena una y otra vez, en bucle,
encerrada en la oscuridad con una única luz: la pantalla. Tengo miedo de morir
por el hecho de no poder ver esa escena más veces. Tengo pavor, me aterra. Y en
ese momento, me dan igual las personas, me da igual el mundo, me da igual
absolutamente TODO. Sólo quiero que la paz que me da ese momento
cinematográfico se meta en mí de lleno hasta ocupar desde las puntas de los
dedos de los pies hasta las puntas de los pelos de la cabeza.
Y luego lloro.
Lloro por tres razones:
1. Por la emoción, de felicidad.
2. De nostalgia y tristeza, porque sé que nada ni
nadie, ni una sola persona, por especial que sea, me va a dar la sensación de
bienestar y de tranquilidad que me da esa escena. Nunca. Jamás. En toda la
vida.
3. De purísima tristeza, por saber a ciencia cierta,
al 100% que jamás podré dedicarme a eso, jamás podré ser yo la que dé esa
sensación a otras personas como yo, jamás podré ser partícipe de eso aunque sea
llevándole un café al director por las mañanas en su taza preferida. Jamás, de
ninguna de las maneras, lo conseguiré. Sabiendo que de haber nacido en otro
país, si hubiera estudiado lo que estudié tendría millones de salidas para un
trabajo más que digno. La puta casualidad, o el destino, o lo que sea, me hizo
nacer aquí; y sólo ese pequeño detalle hace que todo mi futuro, tal como lo
quiero, se desmorone.
Siempre fui fiel a mis principios y estudié algo que
me gustaba aún sabiendo que jamás lograría trabajar de ello, pero jamás hubiera
soportado estar día sí, día también metida dentro de algo que no me llenase.
Prefiero morir de hambre conociendo de lleno todo lo que me apasiona que tener
3000 euros al mes y que mi cerebro y mi corazón estén vacíos.
Antes todo era (más) bonito. Cuando me decías que no podías esperar a verme, que no querías esperar a que yo cruzara medio país por ti. Que me necesitabas ya en tu cama, que ese fin de semana estabas solo y me ibas a follar como si no hubiera mañana. Que querías perder tu virginidad conmigo.
Decías eso un día y al siguiente me hablabas de tus "problemas" con otras tías, de que pasaban de ti, de que estaba súper enamorado y no te hacían caso.
Y yo, amándote como lo hacía, de una forma extraña pero real, me callaba, me aguantaba y te daba consejos, año tras año, para que todo te saliera bien con tus chicas, una distinta cada mes.
Y fueron muchas las oportunidades que tuvimos de estar juntos, de saber a ciencia cierta lo que sentíamos, de saber si era verdadera toda la mierda que nos decíamos.
Pudimos ser primer amor.
Muchas veces viajé por ti para nada. Muchas oportunidades te perdiste. Quizá por miedo al "qué dirán", o por miedo a mí, o por miedo a tus sentimientos.
Yo seguía ofreciéndote más y más oportunidades. Tú seguías desperdiciándolas. Hasta que me cansé. Me cansé de ti y me enamoré de otra persona.
Y créeme, Sr. Rosa, siempre pensé que serías el primero.
Después de nueve años, yo rehago mi vida, no lloro como lloré por ti en el día de mi graduación, y tú aún sigues acosándome, diciendo cosas que jamás me harás, que nunca cumplirás.
Lo bonito de todo es que a mí ya me da igual.
Nunca vas a volver a tener una oportunidad de estar conmigo.
En tu conciencia queda el momento y pensamiento en el que rechazaste mi habitación universitaria gratis.
No sé si decir años; porque suena muy exagerado; pero la realidad es que sí fueron años. Me pasé años buscándote. Quizá fueron años pensando en ti y luego unos meses en los que de cuando en cuando te buscaba. Hasta que di contigo. Quizá hubiera podido encontrarte mucho antes, quizá en cuestión de semanas o de días, pero puede que no lo haya hecho por miedo. Miedo a que ya no estuvieras, a que hubieras cumplido tu propósito. No sabía si eras capaz, si todo aquello que decías era verdad o mentira. Y ahora que te encontré, ya no hablamos a diario, ya no eres el mismo, ni yo la misma. Me decías que irías con cuidado, que no me harías daño, que me lo harías despacio. Se te adelantaron. Me hicieron daño y no lo hicieron despacio. Me rompieron y tú no estuviste ahí para partirles la cara. Hoy en día creo que hubiera preferido que hubieras hecho todo eso que decías que harías. Que ya no podías más. Te ibas a quitar la vida. Ahora todo sería mucho más dramático y tendría una historia que contar. Pero la tengo igualmente y mucho más hermosa.
Cada vez que veo Asesinos Natos me sigo acordado de ti. Éramos nosotros. "Son los ángeles, Mickey, que bajan desde el cielo a buscarnos". Sólo yo te llamaba Mickey. Eras El Cuervo, pero no con Brandon Lee; e Iggy Pop.
Thriller: A Cruel Picture.
Tu absoluta fascinación y obsesión con los asesinos en serie -perdón, quería decir "asesino de masas"- me hacía pensar que eras uno de ellos, que tarde o temprano me meterías en la parte de atrás de una furgoneta delante de mi instituto, me cortarías en pedacitos y me comerías viva. Porque Mickey iba a buscar a Mallory a su casa llena de locos, pero tú a mí me venías a buscar al instituto, porque mi casa de locos era el instituto.
Nos largábamos a Santander -cualquier lugar era mejor que Gijón- y éramos felices para siempre asesinando gente. O al menos esa era mi fantasía. Quizá la realidad fuese otra, como que me violases y me dejases tirada en un descampado o en una cuneta. No me malinterpretes ni te ofendas: no te conocía y me doblabas la edad. Y aún así yo sentía que te conocía más de lo que nunca llegué a conocer a nadie. Tú a mí desde luego que sí. Rodríguez. "Todos los que se apellidan Rodríguez están buenos". Te amaba. De una forma adolescente como se puede amar a un poster de algún guaperas pegado en una pared. ¿Era esa la forma en que te amaba o había algo más? ¿Seguro que era esa?
Mensajes automáticos en el Messenger -estado AUSENTE: "hoy sólo quiero hablar con Mickey, los demás no me molestéis :(". SI NO ERES MICKEY, NO HABLES. Mickey Knox. "Sólo el amor mata al demonio. No se vayan". Me acuerdo de cuando nos casamos. Nuestros avatares de Mickey y Mallory, los anillos (llevaba siempre uno en recuerdo de ese día). Sólo faltó cortarnos la mano, pero ¿para qué? Si no podíamos juntarlas. Qué crueldad. Cuando me ibas a enseñar algo, contraje la gripe.
No recuerdo por qué te dejé de hablar. Pasé completamente de ti, te hice el vacío, no te volví a dirigir la palabra. Creo que no lo recuerdo porque nunca lo supe. Ni hoy lo sé. Sólo recuerdo una sensación de asco pensando en ti mientras hacía pis con las luces apagadas en mi baño. Creía que cuanto más tiempo pasase a tu lado, más me costaría luego superarlo, y eso no podía hablarlo con nadie; cuando tú te fueses de este mundo ¿yo qué iba a hacer? Y cada día más y más asco. Pero eras lo primero en lo que pensaba cuando me levantaba y lo último cuando me acostaba. Rechacé a chicos porque te tenía a ti. Aún guardo escritos sobre ti en mis agendas del instituto. "No somos novios y eso me jode", me dijiste una vez. Pero sí lo éramos. A nuestra manera. Única. Y que me ahorquen si alguien consigue entenderlo jamás, a parte de nosotros. Y que no se esfuercen en comprenderlo.
Podríamos haber cumplido la felicidad el uno en el otro.
Podríamos haber sabido en nuestra propia carne lo que se siente al matar a una persona. A tu lado hubiera sido capaz.
Me alegro de no haberte hablado en todos estos años, porque eso hace que la sensación perdure, muy dentro de mí, de todas las cosas maravillosas que hubiéramos sido el uno dentro del otro.
Podríamos haber sido Bonnie&Clyde.
Me alegro de que estés vivo. De que hablemos, aunque ya no sea lo mismo, aunque los dos ocultemos todo lo que recordamos.
Nos conocimos en su día y fuiste lo más importante para mí. Jamás pensé que te quitaría la cara, que miraría para otro lado para que no me vieras, que te retiraría el saludo. Lo mínimo. Ya no hay nada. Cero. Sólo somos dos completos desconocidos con recuerdos en común. No concibo que ni siquiera tengamos el valor para decirnos "hola", para preguntar "qué tal te va la vida". Compartimos momentos, tuvimos una historia.
Hubo un tiempo en que lo hubiera dejado todo por ti, en que lo hubiera dado todo por ti. Y hoy, tres años después, no me acerco para decirte "hola", para darte un saludo, para concederte una mirada. Y tú tampoco lo harías. Fuimos el uno para el otro durante un corto pero intenso periodo de tiempo y hoy en día ni nos saludamos por la calle. Y nunca lo haremos. Y si uno no ve al otro, el otro no se acercará jamás. No querrá ser visto. Se esconderá. Como si nos cayésemos mal cuando eso nunca pasó. Como si nos odiáramos cuando no es factible. Como si nunca hubiéramos sabido de la existencia del otro. No estoy orgullosa de esto. No soy así. Y al no haberte saludado siempre me quedará la incertidumbre de si te acordarás de mí.
Probablemente no nos veamos hasta dentro de otros tres años y ahí quizá ni nos demos cuenta de que nos hemos cruzado. Nos quedará "sonarnos". Resultarnos familiares. Es como si todo esto hubiera sido un sueño, que esto no sea la realidad, que nunca jamás haya pasado. Lo que no sé es quién de los dos lo soñó. Quizá todos esos recuerdos formen parte de una vida pasada y la realidad cuando te veo por la calle esté formada de deja vús.
Es triste la vida. Que te ocultes de esa persona tan especial para ti en su día.
Yo sólo quiero un amor como el de ellos. Un amor en el que pueda decir: "te amo con toda mi puta vida". Un amor en el que sólo existamos el uno para el otro. En el que todas las personas de nuestra vida nos den la espalda porque nos olvidamos de que existen, porque sólo queremos estar juntos y todo lo demás nos da igual. Un amor de película, para que se joda toda la gente que nos desafió diciendo que eso no existía; a la mierda, ellos no saben lo que tenemos. Un amor real e imaginario a la vez. Un amor que sea para siempre, infinito, inacabable, incansable; en el que estemos tan tristes como felices, sin miedo a perdernos; un amor melancólico en el que se llore de felicidad; una cuenta atrás para ver a esa persona, que tu vida dependa de ella, que un día sin ella sea como el mismísimo infierno, un amor con confianza, amistad, risas y comprensión; con regalos sorpresa, que son besos; con momentos íntimos que sólo compartimos nosotros, que nadie excepto nosotros entiende; complicidad, entendernos con sólo una mirada; derretirnos en los ojos del otro, destrozarnos moralmente, un amor en el que ninguno conciba la vida sin el otro, que se muera de la tristeza y de la nostalgia con solo pensarlo. Un amor en el que sientas que has nacido para pasar el resto de tu vida a su lado, que renuncies a absolutamente todo, incluso tus SUEÑOS, por hacerle feliz. Un amor que no se pueda soportar porque el sentimiento sea tan fuerte que den ganas de matarse mutuamente para irse juntos al cielo, o al infierno, el sitio no importa, porque estaréis juntos, eternamente.
Mi debilidad es tan o más inmensa que todos los océanos de este planeta. Sólo con una triste canción todo mi mundo se derrumba, todo se me cae. Esta tristeza, esta soledad que no soy capaz de arrancarme de mí misma, de derretirla, de sacarla de mis entrañas, me tiene atada a cada recuerdo, a cada minuto, a cada momento.
Sólo una pequeñísima pieza de todas las estrellas, asteroides y satélites del universo puede conmigo. Esa depresión infinita que jamás consigo paliar, que jamás consigo eliminar. Ese sin motivo triste que ocupa todos los días de mi vida. Esas mentiras, fingiendo ser la más sincera. Ese orgullo siniestro que me encarcela pero que siempre se va por mi falta de fuerzas, porque no me quiero a mí misma, por mi dependencia extrema de cada ser de esta tierra, necesidad de ser amada, de halagos, aunque sean burdos y grotescos, de atención, de que me amen. Ese miedo al dolor que puede infligir cada persona con la que hablo, cada escena, cada canción. Miedo a que la gente se vaya de tu lado para siempre, sin poder hacer nada para retenerlos junto a ti. Ataques de ira, asfixia y angustia. Ganas de vomitar. Envidia. De no tener lo que ellos tienen. Pero a la vez, comodidad. Por ser como eres. Por tu personalidad. Resignación, por no poder cambiarla. Más que comodidad, indiferencia. Vivir con más intensidad que nadie la tristeza, pero también la felicidad. Cada buen momento te lo guardas para ti de una forma que nadie podría. Lo sientes todo mucho más que los demás. No eres normal, eres especial. No saber por qué, pero desde que naciste sientes esa gran diferencia entre tú y los demás. Entre tú y la demás gente del puto universo. Eres un mar de cambios, un océano de diferentes estados de ánimo distintos cada día y cada noche. Por un lado necesitas espacio. Espacio para sobrevivir, para pensar, para no aguantarlos. Por otro, dependes más de ellos que de tu propia vida. Tienes sentimientos para con los demás y para contigo misma. Formas de comportarse. Tan diferentes como iguales: la doble vida. Pero no te engañes: jamás nadie te comprenderá. Eso es así y lo sabes. Entonces caes en la espiral del "nadie me entiende". La parte buena de todo esto es que puedes convivir únicamente contigo misma, que puedes conseguir que eso no te afecte. Por simple costumbre. Por el ojo por ojo que nunca has sabido aplicar. Por tu puta debilidad. Acabarás consiguiéndolo, por triste que suene, por puro cansancio, decepción y arrepentimiento.