Qué perra es la vida. Vas por la calle y oyes a gente hablar, diciendo que a su gato lo han atropellado y que su madre está enferma de cáncer. No se puede contar las veces que he llorado, no existe un número para eso, superan al infinito. Pero no hablo de las veces que he llorado por algo que por lo que debía llorar, por algo por lo que era innato que llorase. Hablo de las veces que he derramado lágrimas por gente que no me merece, gente que me rechazó, me dejó o me insultó; o por cosas insignificantes.
Mandarlo todo a la mierda, sufrir, torturarte, que todo te dé igual, pasar del mundo, no decir ni “hola”, atravesar día tras día sin una sonrisa en la cara ni para nadie ni para ti misma. Llegar a la cama y… joder, qué guarrada sin ti.
Y luego te das cuenta de que no tiene sentido, de que no ha merecido la pena. Que si alguien no se preocupa por ti, tú no debes preocuparte por él. Si esa persona no dedica ni un segundo de su tiempo al día en pensar en ti, ¿por qué tienes que dedicárselo tú a ella? Es gato por liebre. No quiero. No es justo. No me gusta.
Y despertarte un día y ver lo que hay a tu alrededor. Contemplar las hermosas sonrisas de tus amigos; oler el frescor del prado mojado, cual Comarca Bolsón; escuchar risas en un bar; saber lo que está por llegar y a la vez no saberlo; contar las cosas que te pasarán en el futuro, que tampoco hay número para ellas, también superan al infinito; quejarte al madrugar; discutir; besar. Es entonces cuando la vida pasa de ser perra a ser maravillosa, con sus más y sus menos, pero maravillosa; y cuando, por fin y de una vez por todas, entiendes el concepto de superación, y de SEGUIR. En el fondo, estás igual que antes: no te importa nada una mierda, pero de una forma completamente diferente, más visceral, más real. Mejor.

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