Sigo sintiéndolo de vez en cuando, pero no tan a
menudo como antes. Es como una relación de pareja: al principio todo es la
hostia, luego sigue siendo precioso pero ya estás habituado a ello y lo ves
como algo normal, no te llega tan adentro.
Pero con Tarantino... es como si cada película fuera
la primera cosa que he visto en mi vida. Es como si hubiera pasado toda mi vida
con los ojos abiertos, pero ciega y, de repente, cuando por fin consigo VER, me
siento persona. Me siento mujer. Siento que quiero ser inmortal, vivir toda la
vida solamente para ver una determinada escena una y otra vez, en bucle,
encerrada en la oscuridad con una única luz: la pantalla. Tengo miedo de morir
por el hecho de no poder ver esa escena más veces. Tengo pavor, me aterra. Y en
ese momento, me dan igual las personas, me da igual el mundo, me da igual
absolutamente TODO. Sólo quiero que la paz que me da ese momento
cinematográfico se meta en mí de lleno hasta ocupar desde las puntas de los
dedos de los pies hasta las puntas de los pelos de la cabeza.
Y luego lloro.
Lloro por tres razones:
1. Por la emoción, de felicidad.
2. De nostalgia y tristeza, porque sé que nada ni
nadie, ni una sola persona, por especial que sea, me va a dar la sensación de
bienestar y de tranquilidad que me da esa escena. Nunca. Jamás. En toda la
vida.
3. De purísima tristeza, por saber a ciencia cierta,
al 100% que jamás podré dedicarme a eso, jamás podré ser yo la que dé esa
sensación a otras personas como yo, jamás podré ser partícipe de eso aunque sea
llevándole un café al director por las mañanas en su taza preferida. Jamás, de
ninguna de las maneras, lo conseguiré. Sabiendo que de haber nacido en otro
país, si hubiera estudiado lo que estudié tendría millones de salidas para un
trabajo más que digno. La puta casualidad, o el destino, o lo que sea, me hizo
nacer aquí; y sólo ese pequeño detalle hace que todo mi futuro, tal como lo
quiero, se desmorone.
Siempre fui fiel a mis principios y estudié algo que
me gustaba aún sabiendo que jamás lograría trabajar de ello, pero jamás hubiera
soportado estar día sí, día también metida dentro de algo que no me llenase.
Prefiero morir de hambre conociendo de lleno todo lo que me apasiona que tener
3000 euros al mes y que mi cerebro y mi corazón estén vacíos.